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Por más versados que seamos en salir de conflictos de manera armónica, nunca dejamos de estudiar pues en el momento menos pensado, nos pasan la prueba y si no estamos atentos, caeremos en las arenas de nuestras emociones, un lugar particularmente complicado de manejar, creo que de esto ya sabes algo. Estas pruebas se ven más claramente en nuestras relaciones cotidianas y en la manera en cómo nos conectamos y comunicamos con otros y más importante aún, con nosotros mismos. Una de las pruebas más comunes es darnos cuenta de lo que tenemos en nuestro corazón, para saberlo, debemos observar la manera cómo nos expresamos y recibimos la información de nuestros semejantes y del entorno en general.
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La mente humana parece un lugar sin salida para muchos de nosotros. Vivimos atrapados en el mundo de la ilusión de nuestros pensamientos, y la más grande es creer que podemos controlarlos. Como cuando alguien tiene un vicio y al ser emplazado al respecto dice que lo tiene bajo control, el cigarrillo, el alcohol, las drogas, las excusas, la procrastinación, entre otros. Todos hábitos que lesionan nuestro presente, afectando irremediablemente nuestro futuro.
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Sentirse culpable de algo tiene serias consecuencias sobre nuestras vidas, opacan nuestra visión del mundo, nos hace llevar pesadas cargas que complican nuestro andar y nos colocan en una de las posiciones más cómodas para las personas, la de víctima. Cuando estamos siendo víctimas no tenemos la oportunidad de mirarnos con amor y permanecemos viviendo en la autocompasión.
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Todos los eventos “buenos y no tan buenos”, alegres, tristes de rabia, en fin, cualquier cosa que nos haya ocurrido, ya pasó y mantenernos pegados a las emociones que se generaron en dichos eventos, le resta fuerza a la presencia de Dios en nuestras vidas.
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Querer saber las cosas puede ser tan adictivo como cualquier droga, la sed desenfrenada de conocimiento a veces pasa desapercibida pues no causa enfermedad física alguna, al menos en apariencia. No se trata de que saber sea malo, sino que el ansia por tener el conocimiento, al igual que en otras áreas de la cotidianidad humana, ocasiona el estrés necesario para culminar con alguna dolencia que tarde o temprano nos afectará en el cuerpo físico.
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