De la misma manera que el popularizado arte del Feng Shui regula la circulación de energía positiva en el hogar y el espacio exterior, para aumentar nuestra armonía, también los Mándalas proponen utilizar un símbolo exterior para actuar sobre lo más profundo de nuestro ser.
Mándala quiere decir "círculo" en sánscrito, en especial "círculo mágico". Estas figuras no sólo están extendidas en Oriente. En Occidente estuvieron también presentes, sobre todo a través de la cultura cristiana de principios de la Edad Media.
El célebre psicólogo Carl Gustav Jung descubrió que muchos de sus pacientes expresaban libremente sus fantasías dibujando Mándalas arquetípicos, y los que no los dibujaban los bailaban, realizando círculos y formas sobre el suelo con sus desplazamientos.
Comprobó que pintar Mándalas era una terapia efectiva para pacientes neuróticos y esquizofrénicos.
Así es: un Mándala puede reflejar el estado del espíritu humano en un momento determinado, iniciando un proceso de autodescubrimiento como primer paso hacia la sanación.
Por eso, desde el punto de vista terapéutico, la función del Mándala es ayudarnos a alcanzar a través de su forma, color y contenido la armonía interna, para rescatar lo más verdadero que hay en nosotros: el centro o nuestro Ser profundo.
Pintar Mándalas no requiere el uso de nuestro diálogo interno, es como el Arte Zen, donde alcanzar el "no pensamiento" tiene resultados superiores. En nuestro caso el "no pensamiento" significa parar el diálogo interno.
Parar el diálogo interno es la meta que pretenden todos los tipos de meditación, por una buena razón. El silencio interior expande nuestra conciencia mas allá de la realidad que acostumbramos a ver a diario, que ni mucho menos es todo lo que hay. Esta práctica es una gran recarga de pilas, para poder enfrentarnos a nuestra vida con vitalidad y fuerza.




